Temática: “El mensaje que nunca envié”
Estos son los textos premiados en el Concurso literario de adolescentes 2026 de la Biblioteca Nuestros Hijos: tres puestos y tres menciones especiales.
Felicitamos a quienes fueron premiados y agradecemos a todas las chicas y chicos que participaron. Publicamos los textos tal como los escribieron sus autores.
Ganadores
15 años · MontevideoLeer el texto Segundo puestoConversación PendienteCatalina Pérez
15 años · MontevideoLeer el texto Tercer puestoEl mensaje que nunca enviéKiara Pérez
16 años · Paso CarrascoLeer el texto
Menciones especiales
15 años · MontevideoLeer el texto Mención especialUn Mensaje al PasadoMatías Garderes
15 años · Ciudad de la CostaLeer el texto Mención especialPamelaLucía Delfino
16 años · MontevideoLeer el texto
“Las ruinas de lo que nunca fuimos”
Victoria Pérez, 15 años, Montevideo.
Nunca pasó nada entre nosotros. Creo que eso es lo que más me cuesta explicar cuando alguien pregunta por vos. ¿Cómo es posible extrañar algo que nunca existió? No tengo un beso para recordar, ni una fecha que duela cuando aparece en el calendario. No tengo fotos tuyas escondidas ni regalos guardados en un cajón. No tengo absolutamente nada. Y, sin embargo, a veces siento que te recuerdo más que a personas con las que sí tuve una historia. Nosotros fuimos eso: una historia que nunca llegó a existir del todo, pero que de alguna forma estuvo siempre ahí.
Durante mucho tiempo pensé que quizás todo había estado solamente en mi cabeza. Que había convertido algunas miradas en señales porque necesitaba que lo fueran. Que tus nervios eran simplemente nervios y que aquella manera extraña que teníamos de comportarnos cuando coincidíamos no significaba nada. Pero éramos demasiado evidentes para ser dos personas a las que no les pasaba nada. Podía pasar días imaginando qué te diría cuando te viera y, cuando finalmente aparecías, conseguía hablarte como si fueras la persona que menos me importaba. Con otras personas podía reírme, improvisar, equivocarme. Con vos era consciente hasta de dónde ponía las manos.
Y creo que a vos también te pasaba. Te vi entrar a un lugar, encontrarme con la mirada y apartarla enseguida. Te vi hablar con todos menos conmigo. También te descubrí mirándome cuando pensabas que yo no lo hacía. Nunca dijimos nada. Éramos expertos en fingir que no pasaba nada y, quizás, ese fue nuestro problema: nos salió demasiado bien.
Hasta que un día dejamos de cruzarnos tanto. Después dejamos de cruzarnos del todo. Pensé que había sido la vida. Que quizá habías conocido a alguien, que te habías cansado de esperarme o que aquellas miradas habían significado mucho menos para vos que para mí. Nunca se me ocurrió pensar que estabas enfermo.
Ahora entiendo algunas cosas. Tus ausencias, el cansancio, aquellos meses en los que desapareciste casi sin explicación. Pero no quiero convertir cada recuerdo en una señal que debería haber entendido. Yo no entendí nada. Hasta hoy.
Hay mucha gente alrededor tuyo mientras escribo esto. Algunos lloran. Otros hablan bajito, como si levantar la voz pudiera despertarte. Hay flores por todos lados y una fotografía tuya que no me gusta. Yo estoy un poco lejos. No sé dónde debería ponerme. Nunca fui tu novia, nunca fui tu ex, nunca fui nada que pudiera explicar por qué me tiemblan tanto las manos. Cuando alguien me pregunta de dónde te conocía, respondo lo mismo que siempre: éramos amigos. Hasta para despedirnos seguimos fingiendo.
Hace un rato se acercó tu hermano. Me miró unos segundos y dijo: “Vos sos ella”. No entendí. Entonces sacó tu teléfono. Primero abrió nuestra conversación: los mismos mensajes absurdos, los mismos “jajaja”, los mismos cumpleaños, la misma nada. Después abrió tus notas. Y ahí estaba mi nombre. Una vez. Después otra. Y otra.
“Hoy la vi.”
“Quise decírselo.”
“Creo que ella también siente algo, pero capaz estoy viendo lo que quiero ver.”
“Cuando me mira me olvido de actuar normal.”
Tuve que dejar de leer. Le pregunté por qué me estaba mostrando eso y me respondió algo que todavía no consigo sacarme de la cabeza: “Porque él estaba seguro de que vos nunca sentiste lo mismo”.
No sé cuánto tiempo me quedé callada. Quizás unos segundos. Quizás todos los años que perdimos. Después me enojé. ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué decidiste por mí? Tal vez hubiéramos tenido poco tiempo. ¿Y qué? ¿Quién te dijo que poco era lo mismo que nada? Podríamos haber tenido un año, un mes o una semana. Me habría alcanzado hasta con un beso. Uno. Para poder estar hoy acá y extrañar algo que realmente hubiera sucedido.
Pero tampoco puedo culparte por completo. Porque yo hice exactamente lo mismo. Yo también tuve miedo. Yo también escribí cosas que borré. Los dos esperamos que el otro fuera valiente y ninguno lo fue. Solo que yo pensaba que todavía quedaba tiempo. Vos sabías que quizás no.
La gente empieza a irse y tu hermano me pregunta si quiero quedarme unos minutos más. Le digo que sí. Ahora estamos solos. Vos y yo. Qué ironía. Tantos años esperando estar a solas con vos y tenía que ser así.
Saco mi teléfono y abro nuestra conversación. Tu nombre sigue ahí arriba como si nada hubiera pasado. Por un segundo tengo el impulso absurdo de pensar que, si escribo algo suficientemente hermoso, vas a responder. Así que escribo. Te cuento las veces que te busqué al entrar a un lugar, las conversaciones que ensayé antes de verte y las veces que fingí no mirarte. Te cuento que sí. Que no estabas equivocado. Que cada una de aquellas palabras que nunca dijiste tenía respuesta.
Te digo que fuiste un idiota. Que yo fui otra. Que podríamos haber tenido algo. No sé cuánto. Pero algo.
Termino de escribir. Por costumbre, mi dedo busca el botón de enviar. Entonces me acuerdo. Ya no existe ninguna respuesta capaz de lastimarme. Tampoco existe ninguna capaz de llegar.
Miro tu nombre una última vez y no lo envío.
Después de todo, esa fue siempre nuestra manera de querernos: vos te fuiste dejando palabras que nunca me dijiste y yo me quedo escribiéndote palabras que nunca vas a leer.
Quizás eso fuimos desde el principio: dos mensajes escritos al mismo tiempo, en dos teléfonos distintos, esperando toda una vida que el otro apretara “enviar”
V.
Conversación Pendiente
Catalina Pérez, 15 años, Montevideo.
Eran casi las dos de la mañana cuando encontré su número. No sé por qué lo tenía guardado, quizás porque nunca me animé a borrarlo. Quizás porque, en el fondo, conservar aquel nombre en mi celular era lo más parecido a tenerla cerca. “Abuela”, ese era el único nombre que aparecía en la pantalla. Nunca había hablado con ella, nunca había escuchado su voz, ni había recibido un abrazo suyo, ni siquiera podía recordar su cara sin mirar una fotografía. Ella había muerto cuando yo era muy chica y en mi casa casi nunca se hablaba de ella. Durante mucho tiempo pensé que no me importaba pero esa noche descubrí que me había mentido.
Abrí la conversación sin pensarlo y estaba completamente vacía. Escribí: “Hola, abuela”. Me quedé mirando esas dos palabras durante varios segundos, después continué: “Hoy cumplí quince años. No sé si te gustaría saberlo, pero me hubiera gustado que estuvieras”. Borré el mensaje y lo escribí otra vez. “Hoy cumplí quince años. Todos me preguntaron si estaba feliz y dije que sí, pero cuando llegué a casa pensé en vos”, esta vez no lo borré, seguí escribiendo: “Sé muy poco de vos. Sé que te gustaba escribir. Sé que tenías el pelo parecido al mío. Sé que mamá te quería mucho, aunque casi nunca habla de vos. Y sé que te fuiste demasiado pronto. Me gustaría haberte conocido. Me gustaría saber si te habría gustado la persona en la que me estoy convirtiendo”.
Dejé el celular sobre la cama y por primera vez entendí lo extraño que era escribirle a alguien que jamás iba a responder, no sé, era una senacion muy rara porque al escribirle esperabas una respuesta que en realidad, en el fondo, sabías que no llegaría. Al día siguiente reuní fuerzas y le pregunté a mi mamá por qué nunca hablábamos de ella, se quedó callada durante unos segundos y después fue hasta su habitación. Cuando volvió, tenía una caja de cartón entre las manos. “Esto era de ella”, me dijo. La abrí lentamente y adentro había fotografías, cartas, entradas de cine y un pequeño cuaderno. Pasé las páginas sin saber exactamente qué buscaba. Había poemas, recuerdos y pensamientos que parecían no tener importancia, hasta que encontré una página con una fecha. Era de pocos días antes de que muriera.
La letra decía: “Hoy pensé en mi nieta, estoy ansiosa de conocerla. Ojalá algún día pueda contarle todas las cosas que todavía me quedan por decir”. Sentí que algo se rompía dentro de mi, miré a mi mamá y pregunté: “¿Ella sabía que yo iba a nacer?”, mi mamá asintio “Sí”. “¿Y por qué nunca me contaste esto?” Bajó la mirada y respondió: “Porque no sabía cómo hacerlo”.
Esa noche volví a abrir el mensaje, había quedado exactamente como lo había dejado. Lo leí varias veces y, después de pensarlo durante unos minutos, escribí una última frase: “Yo también tengo muchas cosas para contarte”. Esta vez no lloré. Solo miré el botón de enviar. Sabía que no tenía sentido, su número probablemente ya no existía o quizás pertenecía a otra persona. Aun así, mantuve el dedo sobre la pantalla durante unos segundos. Podía enviarlo, aunque sabía que nunca recibiría una respuesta.
Pero no lo hice, apagué el celular y lo dejé sobre la mesa de luz. El mensaje quedó ahí, sin enviar, junto con todas las palabras que nunca llegaron a destino. Y esa noche entendí que algunas personas se van antes de que tengamos la oportunidad de decirles cuánto las necesitábamos.
El mensaje siguió guardado durante años. Nunca lo envié. Pero tampoco pude borrarlo.
Cata
El mensaje que nunca envié
Kiara Pérez, 16 años, Paso Carrasco.
Querida persona que iluminó mis días sin saberlo:
Te escribo estas líneas que llevan guardadas en mi corazón mucho tiempo, palabras que redacté en mi mente mil veces y que, sin embargo, jamás me atreví a hacerte llegar. A veces, cuando la noche cae y el silencio llena todo, me pregunto qué hubiera pasado si en aquel momento hubiera tenido el valor de decírtelo. Pero el miedo siempre fue más fuerte: miedo a perder lo que teníamos, miedo a confundirte, miedo a que esa sonrisa que tanto me gustaba se apagará al leerme.
Todo comenzó aquella tarde de otoño, cuando el viento traía hojas secas y un frío que calaba los huesos. Llegué corriendo, tarde como siempre, y al doblar la esquina tropecé contigo. Se me desparramaron los libros, las hojas volaron por el aire, y yo sentía que me ponía roja hasta las orejas de la vergüenza. Entonces te agachaste, recogiste mis cosas, y me miraste con esa sonrisa tranquila que parecía calmarlo todo. “No te preocupes, a mí también me pasa”, dijiste, y tus palabras me devolvieron la calma. En ese instante, sin saberlo, algo cambió dentro de mí.
Desde aquel día, cada mañana tenía un motivo para alegrarme al despertar: sabía que te vería. Aprendí a reconocer tu paso, tu voz, la forma en que entrecerrabas los ojos cuando pensabas en algo, cómo te brillaba la mirada cuando hablabas de lo que te apasionaba. Poco a poco nos fuimos acercando: compartimos caminatas, charlas que se extendían hasta que caía el sol, risas que nacían de cualquier cosa y silencios que no necesitaban palabras para estar bien. Me sentía afortunada de tenerte cerca, de ser tu amiga, de poder acompañarte.
Sin embargo, con el tiempo, algo más empezó a crecer en mi pecho. Ya no era solo amistad: era algo más grande, más cálido, que me hacía latir el corazón con fuerza cada vez que estabas cerca. Quería decírtelo, tantas veces estuve a punto. En el parque, bajo los árboles; sentados en la banca de siempre; cuando nos despedíamos al final del día. Las palabras llegaban a mis labios… y ahí se quedaban, atrapadas por el temor. ¿Y si lo arruinaba todo? ¿Y si tú no sentías lo mismo? ¿Y si al decírtelo, perdía tu amistad, que era lo más valioso que tenía?
Así pasaron las semanas, los meses. Guardé mis sentimientos como un secreto precioso, cuidándolos en silencio. Aprendí a quererte sin decirlo, a acompañarte sin exigir nada, a alegrarme por tus alegrías y a consolarte en tus penas, siempre desde ese lugar donde las palabras más importantes quedaban sin pronunciar. Muchas veces escribí este mensaje en notas que luego rompí, en mensajes que redacté y borré mil veces, sin que jamás salieran de mi teléfono o de mi cuaderno. Siempre pensaba: “Mañana se lo digo”. Pero ese mañana nunca llegaba.
Llegó entonces el día en que me di cuenta de que las cosas estaban cambiando. Nos vimos menos, las charlas se hicieron más cortas, y poco a poco fuimos alejándonos, como se alejan las estaciones sin prisa pero sin camino de regreso. Aun así, cada vez que te veía, ese sentimiento seguía ahí, intacto, esperando. Y sin embargo, seguí sin decir nada. Seguí guardando este mensaje, esperando un momento que nunca llegaba, dejando que el tiempo pasara mientras mis palabras se quedaban atrapadas en mi garganta.
Hoy, al mirar atrás, entiendo que este mensaje que nunca envié tiene su propio valor. No hace falta que lo leas para que sea real. Lo que siento, lo que viví, lo que aprendí al quererte en silencio… todo eso formó parte de mí y me ayudó a crecer. Gracias por cada sonrisa, por cada palabra, por cada momento compartido. Gracias por enseñarme lo bonito que es sentir, aunque sea en silencio. Gracias por haber estado ahí, en mis días, en mis recuerdos, en mi corazón.
Quizás algún día, si el destino nos vuelve a juntar, encuentre las palabras y el valor para decírtelo de frente. Pero por ahora, este texto que probablemente nunca leerás será mi forma de soltarlo todo, de dejar ir aquello que guardé tanto tiempo, de despedirme de aquel miedo que me calló la voz. Que la vida te traiga siempre lo mejor, que seas muy feliz, y que nunca te falten motivos para sonreír como aquella tarde en que nos conocimos.
Cuídate mucho, siempre.
kiki
A un toque de distancia
Luciana López, 15 años, Montevideo.
Lo nuestro con mi viejo no era una guerra abierta, sino esa distancia fría que armamos cuando nos entra la estupidez de querer demostrar que no necesitamos a nadie. Era ese orgullo sordo de responder con monosílabos, poner cara de fastidio ante cualquier pregunta rutinaria y usar la indiferencia como un escudo ridículo. Él trataba de acercarse con las pocas herramientas que tenía —un «¿cómo te fue hoy?», un mate estirado en la cocina, un intento torpe de sacar conversación— y yo lo frenaba en seco con una pared de hielo, creyendo que así marcaba mi independencia.
Esa tarde me había dejado un mensaje preguntándome a qué hora llegaba porque quería cocinar algo que me gustaba. En vez de valorar el gesto, le contesté con un tono seco, casi borde: «No te metas, llego cuando llego. Ya soy grande, no me controles». Una estupidez hiriente, escrita únicamente para tener la última palabra y marcar cancha. Vio el mensaje y no respondió. Mi orgullo celebró esa victoria miserable, sintiendo que le había ganado una batalla imaginaria.
A las tres de la mañana me desperté con el peso de la culpa aplastándome el pecho. En el silencio absoluto de la casa, me vi desde afuera y me di asco. Me vi como lo que era: una persona inmadura jugando a ser dura con quien solo intentaba cuidarme. Agarré el celular y entré a su chat. Borré tres intentos hasta que dejé las armas en el piso:
«Perdón por contestarte así hoy. Sé que soy insoportable a veces y que parece que todo me molesta, pero no es verdad. Gracias por estar siempre. Mañana aprontás unos mates y te cuento bien lo del liceo, ¿dale?»
Fue la primera vez en años que redactaba algo transparente, sin sarcasmo ni corazas. Tuve el pulgar apoyado sobre la flecha verde durante un minuto eterno. Pero me volvió a traicionar la misma cobardía de siempre: pensar que mostrar afecto te hace débil. «No seas pesado», me dije. «Si se lo mando a las tres de la mañana lo voy a despertar. Dejá el texto ahí y mañana cuando me levante se lo mando en persona». Bloqueé la pantalla, convencido de que el desayuno de la mañana siguiente iba a arreglarlo todo.
A las seis no hubo ruido de llaves ni olor a café en la cocina. Hubo un impacto sordo en el garaje, el llanto desesperado de mi madre en el pasillo y esa llamada al 911 que sabés que ya no va a servir para nada. Un paro cardíaco fulminante. Sin aviso, sin síntomas previos, sin darnos diez segundos para decirnos nada.
Hoy abro la aplicación y el texto sigue ahí, congelado en el cuadro de mensaje, a medio centímetro de haber sido enviado. Me destruye saber que él se acostó esa última noche pensando que a mí me molestaba su presencia, sin llegar a saber que unas horas después yo le había pedido perdón. El orgullo te vende la falsa idea de que sos fuerte, pero en realidad solo te deja solo en un cuarto a oscuras, sosteniendo las palabras exactas que pudieron haber cambiado un final y que jamás van a llegar a su destino.
JP
Un Mensaje al Pasado
Matías Garderes, 15 años, Ciudad de la Costa.
Es el año 2432 y Manuel se encuentra en su departamento desayunando apurado mientras mira el reloj, para ir a trabajar. Tiene 26 años, y vive en un pequeño apartamento de Nuevo México, Estados Unidos, uno de los pocos países que no se vió gravemente afectado por la “Crisis de la Basura” de 2350. La contaminación había llegado a niveles extremos y, aunque la tecnología había avanzado muchísimo desde principios del siglo XXI, gran parte del mundo se había vuelto prácticamente inhabitable. Manuel trabaja en una de las empresas tecnológicas más importantes del momento: Stark Industries. A pesar de su corta edad, es considerado un genio de la ingeniería y matemática dentro de la empresa, pero, sin embargo, sus superiores se aprovechan de su talento, y pocas veces reconocen sus logros.
Aunque trabaja en Stark Industries, su vida no es para nada lujosa. Vive solo en un pequeño apartamento, y pasa la mayor parte de su tiempo trabajando. Desde los quince años, cuando perdió a su padre debido a una falla de seguridad en una planta de reciclaje donde él trabajaba, se había acostumbrado a estar solo. Sin embargo, había algo que Manuel nunca había podido superar: la idea de que quizás podría haberlo salvado. Es por eso que, durante los últimos seis años, había estado trabajando en secreto en un proyecto que nadie en Stark Industries conocía: una máquina capaz de enviar mensajes al pasado.
Después de varios intentos fallidos, una noche, las luces de la máquina se encendieron. Había funcionado. Manuel podía enviar un mensaje a sí mismo exactamente once años hacia atrás, directamente a su celular cuando tenía quince años. Sin pensarlo mucho, escribió:
“Soy vos, pero once años en el futuro. Sé que esto parece imposible, pero tenés que creerme. El 17 de agosto, papá va a ir a trabajar a la planta. Ese día va a ocurrir un accidente y él va a morir. No lo dejes salir de casa, podés salvarlo.”
Ese era el día en que su padre había muerto. Manuel dejó el mensaje preparado y esperó.
Unos días previos al 17 de agosto, Manuel se sentó frente a la máquina. Solo tenía que presionar un botón. Sin embargo, justo antes de hacerlo, pensó en todo lo que había ocurrido después de la muerte de su padre. Pensó en Lucas, su mejor amigo, a quien había conocido unos meses después del accidente y con el cual había compartido muchos momentos. Pensó en su trabajo, en las personas que había conocido, en las cosas que había logrado hacer, y en la vida que había construido durante esos once años. Él sabía bien que, si cambiaba el pasado, nada le aseguraba que todo eso siguiera igual. Tal vez salvar a su padre, significaba también perder a Lucas, quizás significaba nunca trabajar en Stark Industries, o tal vez hasta ni siquiera ser la misma persona. Miró el botón durante varios segundos. Finalmente, sacó la mano. La pantalla de la máquina mostró:
MENSAJE NO ENVIADO
Manuel, al borde del llanto y mirando hacia el suelo, dijo en voz baja:
-Perdón, papá.
Al mes siguiente era el cumpleaños de su padre, y, como acostumbraba a hacer todos los años, Manuel visitó la antigua casa familiar. Mientras recorría las habitaciones, encontró en el ático una pequeña caja de madera que nunca antes había visto. Dentro había fotos, documentos y muchas cosas más, pero, en el fondo, un sobre con su nombre. Lo abrió. Era una carta de su padre:
“Manu:
Si encontraste esta carta, probablemente ya estés grande y yo no esté. No sé cuándo vas a leerla, pero quería dejarte algunas palabras para cuando ese momento llegue.
Vas a conocer personas, vas a cometer errores y vas a vivir momentos que ahora ni siquiera podés imaginar. No tengas miedo de seguir adelante.
No te quedes atrapado pensando en lo que pudo haber sido. Continuá y viví tu propia vida.
Te quiero.
Papá.”
Manuel terminó de leer la carta y permaneció un rato mirándola fijamente. En ese momento, pensaba en Lucas, en el momento en el que lo contrataron, en todos los problemas que supo cómo resolver. Al pensar en todo eso, se dió cuenta que no necesitaba saber qué habría pasado si hubiera salvado a su padre. Su vida había continuado. Al regresar a su apartamento, encendió la máquina. El mensaje seguía ahí:
DESTINATARIO: MANUEL — 15 AÑOS
ESTADO: NO ENVIADO
Lo leyó una última vez. Finalmente, cerró los ojos, y, con lágrimas corriendo por su mejilla, presionó “ELIMINAR”. La pantalla quedó vacía. Manuel se levantó de la silla y apagó la máquina.
Firma: Saitam
Pamela
Lucía Delfino, 16 años, Montevideo.
—¿Cómo se encuentra usted? —preguntó su psicóloga, llamada Esther.
Nick permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Me encuentro mucho mejor. Estoy más tranquilo y estoy estable.
—¿Estás tomando tus medicamentos? —repreguntó Esther.
—Sí, todos los días —respondió Nick rápidamente.
—¿Seguro?
—Sí, Esther. No me estoy olvidando.
—Bueno, me alegra que estés mejorando. ¿Hay algo nuevo que quieras contarme?
—Sí. Empecé a conocer a una chica. Dijo con una sonrisa.
—¿De verdad? ¿Y cómo es ella? —preguntó Esther.
—Es divina, alta, con ojos azules y pelo morocho. Quiero invitarla a salir. Se llama Pamela.
—No hay nada que te frene, invítala a salir.
Nick sonrió nuevamente. Antes de levantarse, miró de reojo el pequeño frasco de medicamentos que llevaba en el bolsillo de su campera. Todavía estaba casi lleno. Al salir de la consulta se fue a su casa. Ya estaba muy agotado: había tenido colegio y muchos exámenes de por medio. Al llegar se bañó y se puso a hacer deberes. Mientras los hacía pensaba en Pamela. Quería encontrar una forma especial de demostrarle lo mucho que le gustaba. Decidió escribirle poemas y se los daría cada día. Al otro día Nick, se encontraba rumbo al colegio. Su día fue como siempre: exámenes y clases aburridas. Pero en todo el día estuvo pensando en una sola cosa, en Pamela. A la salida la vio. Estaba sentada en un banquito, esperando para irse a su casa. Nick, sin pensarlo dos veces, se acercó.
—Hola —dijo.
—Hola, ¿te conozco? —preguntó Pamela.
—No, de hecho no, pero estamos en la misma clase y me gustaría conocerte un poco más. Sos muy linda. Pamela sonrió.
—Ahh, ¿cómo te llamás? —preguntó ella, interesada.
—Me llamo Nick.
Y así continuó la conversación durante un buen rato. Hablaron de muchas cosas. Ya parecían conocerse de toda la vida. Pamela se fue y quedaron en que mañana irían a merendar. Sin embargo, al entrar nuevamente al colegio para buscar su mochila, notó que algunas personas lo miraban y se reían de él. Nick no les prestó atención. Pensó que simplemente estarían hablando de otra cosa. Su rutina después del colegio era la misma solo que no tenía consulta. Cuando terminó todo lo que tenía que hacer miró el frasco de medicamentos que estaba sobre su mesa de luz. Lo tomó entre sus manos y se quedó observándolo. Pero lo volvió a dejar en su lugar.
—¡Nick, a comer! —gritó la mamá desde abajo.
—¡Voy! —contestó mientras bajaba las escaleras.
—¿Cómo te fue hoy?
—Bien, ma. De hecho, mañana por la tarde tengo una cita con una chica.
—¿En serio? ¡Qué bien, hijo! Ya quiero que algún día la traigas a casa.
—Algún día, mamá, algún día —respondió con una sonrisa.
Al día siguiente Nick se levantó más temprano de lo normal. Se cambió varias veces de ropa antes de decidirse. También guardó en su mochila uno de los poemas que había escritorio. Durante el recreo la buscó hasta encontrarla. Gritó su nombre y ella se dio vuelta y sonrió. Pasaron todo el recreo juntos. Después de clases fueron a merendar como habían acordado. Hablaron durante horas y Nick sintió que, por primera vez en mucho tiempo, alguien realmente lo entendía. Nick le dio el poema. Pamela lo leyó y le encantó. Desde ese día comenzaron a verse cada vez más seguido. Se cruzaban en los recreos y caminaban juntos después de clase. Todo era mejor. Los días pasaron y su mamá comenzó a notar el cambio. Nick le decía que era por Pamela. Pero mientras todo parecía mejorar, Nick cada vez se olvidaba más de sus medicamentos y comenzó a faltar a algunas consultas con Esther. Sin embargo para él se encontraba muy bien. Hasta que llegó nuevamente el día de su consulta. Nick entró al consultorio y se sentó frente a Esther.
—Bueno, Nick. Contame, ¿cómo te sentiste estos últimos días?
—Muy bien. Mucho mejor que antes.
—Me alegra escuchar eso. ¿Y cómo está la chica que me contaste? ¿Cómo está Pamela?
—Está acá.
Esther levantó la mirada.
—¿Acá?
—Sí —contestó Nick, señalando la silla que estaba a su lado—. Está sentada ahí.
Esther miró la silla. Estaba completamente vacía.
Esther comprendió entonces que, a pesar de lo que él había dicho desde el principio, nunca había estado tomando sus medicamentos como había asegurado.
Nick seguía mirando a Pamela, como si realmente estuviera allí. Pero era la única persona en aquella habitación que nadie más podía ver, solo Nick.
- Price