Rincón infantil
18 agosto , 2016

Cuento ganador segundo lugar: Lunes

Los lunes son mis días preferidos. Creo que todo el mundo odia los lunes. Pero yo no. Los adoro.

Y hoy es lunes. Además, mañana es mi cumpleaños. Por eso estoy tan contenta y nerviosa a la vez. Recién me ha dejado en casa la camioneta que me trae del colegio. Estoy dentro del ascensor y me parece que hoy demora más que siempre. Al fin frena en el noveno, con ese ruido que parece un suspiro metálico y me hace saltar un poco.

Abro la herrumbrada reja negra que cuando era más chica me apretó un dedo. Mi meñique quedó tan violeta e hinchado ese día, que hasta la enfermera del sanatorio puso ojos de búho cuando lo vio.

La puerta del ascensor es como un acordeón pesado, tengo que hacer mucha fuerza hasta que se pliega igual que una vieja quejosa y cansada.

Y entonces lo huelo. Es el olor de mis Lunes. A escones con manteca recién horneados, a té negro, tan negro que te hace doler las muelas.

Hoy estoy llegando un poco tarde. Las cuatro viejas, incluida mi abuela, ya tomaron el té, y  están sentadas en la mesa cuadrada. Prontas para jugar a las cartas; a mi juego favorito, a la canasta.

-Hola, Maguita, cómo te fue en el colegio?-, me pregunta mi abuela.

-Bien-, le respondo.

Las cuatro me saludan con besos mojados y abrazos apretados.

Han puesto el mantel de paño verde billar, peludo y suave. Mamá me explicó que en los campeonatos de canasta usan uno así.

Me siento en la silla que sobra, entre mi abuela y Ester, para mirar bien. Nunca me pierdo detalle.

Hay un silencio tenso. Ester toma decidida el mazo de cartas, lo separa en dos mitades exactas y las enfrenta. Con los pulgares hace que las cartas caigan en cascada, entreverándose limpiamente. Me lleno de admiración, porque por más que he intentado un millón de veces, no logro hacer lo mismo. A mí siempre se me desparraman y se caen al piso.

-La partida ha comenzado-, exclama con voz solemne. Sus dedos son largos, huesudos y llenos de manchas. En casi todos tiene un anillo y sus uñas están prolijamente limadas y pintadas con esmalte.

Las venas azuladas y gruesas sobresalen a través de su piel y recorren, como si fueran raíces, toda su mano ramificándose hasta el brazo. Ester lanza las cartas, cortando el aire. Los pliegues de la piel sobrante que cuelgan de sus brazos delgados se sacuden con cada carta. Sus pulseras finitas de oro tintinean como campanas pequeñas.

–Te toca, Rosita –dice dando vuelta la primera carta del mazo: es un tres negro.

Lentamente, Rosita mira el abanico de las cartas que tiene amontonadas en sus manos y se estira, perezosa, para agarrar una carta del mazo. Su perfume dulzón llega hasta mi nariz.

Entonces, le tira un cinco de pick a Chela. Como es de esperar, da el pozo de cartas.

-Una lástima-, suspira, mientras levanta con esfuerzo sus hombros en señal de que no le importa. Al hacerlo su espalda se encorva, formándose una joroba muy parecida a la de un camello.

A mí me gusta su joroba. Ella la lleva con tierna resignación, como una mochila pesada que tuviera que cargar todo el tiempo.

–Gracias –dice Chela con voz grave, casi de hombre. Aplaude y levanta las cartas. Ese día usa el vestido más feo de todos los que usa cada lunes. El de grandes flores verdes, rosadas y azules, con la ridícula chaqueta haciendo juego. Tiene un escote bastante pronunciado por donde sobresale una verruga, como una mora peluda en el medio de su pecho.

Ahora le toca jugar a mi abuela. Se pone nerviosa y prende un cigarro. La columna de humo sale con fuerza desde los agujeros oscuros de su nariz, baja por sus mejillas de bulldog, su doble papada, y vuelve a subir metiéndose entre sus lentes rojizos y grandes. El humo me hace arrugar la cara y picar la garganta.

-Maguita…-, me llama.

-¿Qué pasa, Abu?-, le pregunto sorprendida.

Abuela Sara me mira y hace un chasquido curioso al pasarse la lengua por sus dientes postizos. Siempre se queja de que le molestan. Una vez, jugando a la canasta, pidió un vaso y se los sacó. Yo, sin poder creerlo, no podía quitar la vista de esa dentadura macabra que me sonreía flotando en el agua.

-Me parece que voy a darte tu regalo por adelantado-, dice misteriosa.

-¿Ahora?… ¿En el medio de tu partido de canasta?-.

-Sí-.

-¿Cuál es?-.

No me contesta.

Intento ver si hay algún paquete envuelto o algo parecido a un regalo pero no puedo ver nada.

-¿Qué es abuela?-. Repito ansiosa.

De repente siento la fuerza de cuatro pares de ojos chiquitos, nublados pero vivaces, posándose cómplices sobre mi cara de niña. Ester me mira raro, Rosita frunce su boca intentando no sonreír, Chela traga saliva varias veces.

-Hoy-, dice abuela, -va a ser un lunes diferente. Mañana cumplís años, estás grande, ya es hora que pongas en práctica lo que aprendiste todo este tiempo mientras mirabas jugar-, dice contenta, dándome sus cartas.

Al fin me doy cuenta de lo que va a pasar y siento que mi corazón salta de alegría.

Maga

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