Rincón infantil
18 agosto , 2016

Cuento ganador primer lugar: Dante el vigilante y el tesoro del castillo estresante

Dante el vigilante, tenía una gran responsabilidad. Era el guardián de un castillo, en una misteriosa calle de Montevideo, que bajo las sombras de los eucaliptus, guarda secretos que nadie, o casi nadie conoce…

Era el primero en llegar al trabajo y siempre era voluntario para cubrir el turno de la noche cuando alguno de los otros guardias no podía venir.

Últimamente, cada vez era más frecuente que los guardias de la noche faltaran. Se corrían rumores de que había un fantasma en el castillo y algunos decían haberlo visto y al otro día, muy asustados, ya no querían hacer el turno de la noche nunca más.

El castillo estaba rodeado de árboles muy altos y frondosos y mucho espacio vacío.  De noche, la bruma impedía ver siquiera las luces de la calle y el silencio, solo era quebrado por el movimiento de las ramas o el vuelo de los murciélagos que salían a cazar y regresaban luego a sus cuevas.

El vigilante no se asustaba fácilmente y ya en la primera noche que tuvo que reemplazar a uno de los guardias asustados, se dio cuenta que unos niños del barrio vecino, habían preparado una escena para asustarlo, colocando unas telas blancas colgadas de una rama, sobre el sendero.

Tomó su linterna y sacó la tela suavemente, haciéndose el distraído mientras escuchaba las risas de los niños que escondidos, esperaban asustarlo, y repentinamente, se dio vuelta y alumbró con su potente linterna, gritando: -¡Los vi, ya sé quiénes son!, sorprendiendo a los chicos que asustados, corrieron a sus casas.

El vigilante, volvía muy confiado a su puesto, cuando algo lo hizo detener.  Los pelitos de la nuca se le erizaron y no se animaba a darse vuelta. Un ruido de ramas lo congeló y quedó alerta y entonces, algo pasó frente a él, dirigiéndose bajo el gran ciprés, el más antiguo del castillo.

Cuando se recuperó del asombro, alumbró con la linterna, pero ya no vio a nadie.  Tampoco se veían huellas sobre el pasto mojado, ni sobre la tierra blanda del cantero.

Como el vigilante no era de asustarse así nomás, regresó a su puesto, donde lo esperaba su amigo, Barillo el gato amarillo.  Mientras se cebaba un mate, preguntó a Barillo: -¿viste a alguien pasar por acá?

El gato ronroneó y se refregó contra su pierna, como diciendo, -claro que lo vi, los gatos vemos cosas que la gente común, no ve.  Pero Dante no lo comprendió, arregló el mate y siguió con su tarea de vigilar.

A la mañana, cuando llegó el encargado del castillo, preguntó si había ocurrido algo extraño en la noche y Dante, sin inmutarse dijo que no y se ofreció voluntario para seguir cubriendo el turno de la noche. El encargado quedó encantado pues ya no sabía cómo solucionar ese problema, así que se despidió y se fue.

Mientras el guardia caminaba a su casa, Barillo se fue sutilmente, saltando los muros, hasta la casa de la calle Iturbe, donde vivía su amigo Andador, el perrito explorador.

-Este es un caso para nosotros, dijo Barillo. Debemos ayudar a Dante el vigilante, a descubrir un gran misterio que está estresando a todos los que trabajan en el castillo y le contó lo que había visto.

Esa noche, cuando Dante comenzó su turno, Barillo y Andador observaban todo con mucha atención.

La noche estaba muy tranquila y Dante hacía su ronda habitual, pero cuando dieron las doce de la noche, sopló una brisa y se oyeron pasos.  El vigilante salió rápido para afuera y vio de nuevo a una persona caminando rumbo al ciprés.  Corrió atrás de ella, pero igual que la noche anterior, cuando llegó, no había nadie, ni ruidos, ni huellas, nada.

Andador quería ladrar, pero Barillo no lo dejó. –Cállate y observa.  Mira, allá va la persona. Pero Dante no la ve, solo nosotros la vemos.

El vigilante regresó a su puesto rezongando, ¿vieron a esa persona? Qué gente más atrevida.  Pasan sin permiso por un lugar vigilado y no son capaces siquiera de saludar, ¿Se puede creer?

Barillo y Andador se miraron asintiendo. Hay que ver cada cosa, pensaron.

A la mañana, llegó el encargado y de nuevo preguntó si había ocurrido algo extraño y Dante, dijo que no.

Andador y Barillo esperaron que se fuera por la Avenida Lezica y lo llamaron a Orfeo el benteveo, un pájaro muy conocedor, que sabía algo que había escuchado de un águila muy vieja que muchos años atrás, había construido un nido en un lugar inaccesible, sobre los techos del castillo, en la cumbrera más alta, donde nadie podía llegar y desde donde ella, podía observar todo.

Muchos años atrás, el águila había visto a Homero el jardinero, excavando por todo el parque haciendo hoyos donde enterraba algo.

-¡Un tesoro! Dijo Barillo entusiasmado.

Ese castillo tuvo una historia muy triste, siguió el benteveo.  Parece que quien lo mandó construir nunca lo pudo disfrutar porque fue asesinado y por eso la familia tampoco quiso vivir allí.

-Qué triste, dijo Andador.

-Homero quedó muy apenado por la muerte de su patrón y viendo que el castillo era tan lindo, no podía imaginar que fuera estresante para la gente que lo visitara.

-¿Por eso escondió un tesoro en el jardín? Preguntó el gato.

-Yo no sé qué escondió. Dijo terminante el benteveo. Solo el águila podría saberlo, pero ya no está con nosotros.

-Tenemos que contarle a Dante, dijo el gato.  -Si encuentra el tesoro, se hará rico y podrá cumplir su sueño de ser detective privado y ya no tendrá que pasar frío en las noches, haciendo guardia en lugares estresantes como este castillo. ¿Pero cómo le explicamos?

-Yo sé cómo, dijo Andador.  Le pediremos ayuda a Sofía, que ella si comprende lo que los animales podemos decirle.

Sofía era una niña de siete años, pero parecía de más.  No por el tamaño, pues era muy pequeñita, sino por su inteligencia y por cómo se comportaba.

Apenas con dos ladridos, Andador le explicó la situación y la niña dijo, -Ah, ya entiendo. Déjenme buscar algo de información en Internet y después vemos.

Mientras Sofía revisaba la red, Barillo y Andador miraban hacia el parque. Allí, debajo del ciprés, estaba la figura de Homero el jardinero, que les señalaba un lugar junto al árbol.

La niña, rápidamente consiguió información, contándoles a sus amigos que el castillo había sido construido por Juan Idiarte Borda, que era Presidente del Uruguay a fines del siglo XIX y que había sido asesinado por un enemigo… Pero escuchen esto: cuando la familia dejó el lugar, apenados por la tragedia, un jardinero muy amable había quedado a cargo de cuidar el castillo, dejando pequeños mensajes escondidos para aquellos que en el futuro supieran encontrarlos.

-¡Viste! ¡Hay un tesoro!  ¿Serán joyas? Pero no es para ti Sofía, es para mi amigo Dante, dijo el gato.

Sofía se rio y dijo: -yo no necesito ese tipo de tesoros. Pero vamos a sugerirle al vigilante que busque. Así que pidió permiso a sus padres para ir al parque del castillo y se quedó por allí, esperando la llegada de Dante. Barillo y Andador, observaban.

Cuando el vigilante llegó, saludó muy amable a la niña y ella le preguntó si sabía la historia del ciprés que allí crecía.

El guardia curioso le dijo que no y le pidió que le contara, entonces ella le relató todo lo que había averiguado en la red, más algo que le contaron sus padres en la noche.

Le dijo a Dante, que tiempo atrás, algunas personas habían encontrado valiosos objetos por allí, siguiendo las indicaciones de una figura que se les aparecía y les indicaba lugares.

-Como me ocurrió a mí, pensó Dante. -¿Será una coincidencia? ¿Por qué esta niña viene aquí y me cuenta estas cosas?

Mientras miraba hacia el ciprés, la niña se fue saltando rumbo al portón donde la esperaban sus padres y cuando Dante le quiso preguntar más, ella ya no estaba.

Comenzó la guardia como todas las noches. Estaba tomando un mate mientras acariciaba el lomo de Barillo, cuando sintió que el gato se erizaba y vio una figura que avanzaba directo hacia él.

Se levantó de golpe y cuando miró de nuevo, ya no estaba. Salió afuera y lo vio ahora bajo el ciprés, señalando debajo de un banco de piedra.

Andador, que estaba echado afuera, se levantó y sin ladrar se fue junto a la figura del jardinero y olfateó donde aquel señalaba, explorando el lugar.

Dante, sin miedo, se acercó también y vio que el fantasma tenía una amable sonrisa y le señalaba algo que brillaba en el piso.

El vigilante se agachó y encontró una medallita. Tenía una figura del Ángel de la Guarda. Dante dio vuelta la medalla y leyó que decía: para Homero el jardinero.

-Me la había regalado el presidente, antes de irse. Dijo Homero. -La había perdido y nunca más la pude hallar.  Cada noche seguí viniendo aquí, esperando que alguien con un corazón generoso y valiente, me ayudara a encontrarla y viniste tú. Ahora es tuya. Cuida este jardín como yo lo hice hasta ahora y ayuda a la gente a buscar la felicidad en las cosas sencillas.  Lograr eso es un tesoro, le dijo y desapareció.

Albatros

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