Rincón infantil
18 agosto , 2016

Cuento ganador tercer lugar: Aventuras de Tommy

Es muy frecuente que los chicos hagan travesuras, eso no es extraño; pero estoy segura de que nadie las ha hecho tan grandes y peligrosas como el pequeño Tommy. Con solo diez años, quiso salir a conocer el Universo. Exacto, nada menos que el Universo.

Un día, revolviendo inquieto entre los antiguos objetos guardados en el galpón, encontró algo que le interesó, aunque en realidad al principio no sabía qué era. Luego vio que se trataba de  un viejo paracaídas perteneciente a su abuelo,  aviador en su juventud. Estaba deteriorado,  pero quizás le serviría para la gran travesura de su vida.

Enseguida bajó en busca de aguja e hilo, pues lo primero era cerrar tantos agujeros. No sabía coser, pero trataría de ingeniarse.

Su mamá se extrañó mucho ante ese pedido, pero  más le llamó la atención cuando el niño explicó que iba a poner un botón a su camisa.

– Bueno hijo, toma, veo que vas a hacer algo útil, pero regresa pronto porque tienes que hacer la tarea de la escuela.

Tommy volvió al galpón loco de contento y después de exitosos ensayos para reparar la tela, tomó las herramientas de su padre y comenzó a trabajar. Ni él mismo sospechaba lo que lograría. Esa actividad la siguió durante varios días. A nadie contó lo que estaba programando, con excepción del  querido amigo Yely, su perro manso y leal. Los dos observaban la maravillosa creación. Y después de romper varias herramientas pudieron contemplar la obra terminada. Había construido un globo con motor y todo. Solo faltaba saber si volaría. Tommy deseaba gritar de alegría pero no debía hacerlo. Era un secreto entre él y Yely.

De inmediato saltaron los dos al aparato y trataron de hacerlo funcionar. Y… ¡oh, sorpresa! marchaba e inmediatamente se dirigió hacia la ventana. Ya suspendido en el aire avanzó hacia el infinito.

Al principio Tommy se sintió mareado, con una rara sensación que le oprimía el pecho. Sin duda era la emoción pero luego se alivió. Yely lo miraba extrañado y asustado, aunque después parecía que también él reía. Recién a los mil metros de altura se animó a lanzar un grito de alegría que fue acompañado por los ladridos de su amigo.

El globo continuaba subiendo y pronto conocería el Universo. ¿Se dirigirían hacia la Luna o quizás al planeta Venus?

– No me conformaré con llegar a Marte, quiero conocer también a Saturno, el planeta de los anillos. Lo imagino diferente a todos.

Precisamente, el Sistema Planetario era el tema que estaba estudiando.

Pero de pronto el globo cobró una velocidad insospechada. Corría por el espacio devorando kilómetros hasta que vio muy cerca una superficie parecida a la de la Tierra, aunque muy pálida y llena de cráteres. El niño sentía que le faltaba el aire, que respiraba con dificultad. Veía a Yely que ladraba angustiado pero él no escuchaba sus ladridos. Necesitó gritar y no sentía su propia voz. Entonces se asustó mucho y no quiso detenerse allí. Impulsó nuevamente su motor y otra vez comenzó a avanzar por el espacio a enorme velocidad.

¿Dónde había llegado? Pues a la Luna, y  como allí no hay atmósfera el sonido no se propaga.

Aquel globo seguía desplazándose en el espacio. Ya no se veían nubes a su alrededor. Todo tenía un aspecto diferente y nuevo, hasta que por fin encontró otra vez en el camino algo que llamó su atención. Quizás era Marte; pero él no lo sabía. Entonces pensó:

– Pero aquí no hacen como en la Tierra que en cualquier parte colgamos un cartel indicando el nombre del lugar. Quizás si hay habitantes no saben escribir. ¿No serán indios salvajes?

Esa idea le asustó un poco. ¿Un poco, dije? Yo creo que el susto fue muy grande. Pero enseguida se repuso, porque la compañía de su perro le dio ánimo. Por eso detuvo el aparato y bajaron  para explorar la región. Las plantas que allí había eran enormes y los frutos riquísimos, pero a Yely no le gustaban.

– ¡Qué lástima!  Yo no pensé en traerte tu alimento. Pero no te aflijas, ya encontraremos algo.

Caminaron unos pasos por un bosque enorme y llegaron a un  mar de aguas verdes y tempestuosas. Allí había una embarcación con todo tipo de comodidades. Por suerte su manejo era muy sencillo. Entonces los dos subieron en ella y comenzaron a navegar. Todo parecía muy seguro.

De pronto Tommy se sintió atraído por un gran botón de colores y movido por la curiosidad lo apretó con fuerza. Enseguida el barco comenzó a transformarse en un submarino y descendió rápidamente hasta el fondo de ese extraño mar. Allí encontró magníficos corales, peces que cantaban y animales inmensos que quisieron atacarlo. Era necesario huir. Pero uno de esos seres horribles había arrojado junto al submarino una sustancia segregada por su propio cuerpo  que enturbió el agua. Todo se volvió negro como la noche. El niño no veía nada y corría de un lado a otro sin saber qué hacer. Por error casi aprieta otra vez el botón que hubiese transformado al submarino en un barco y eso, en el fondo del mar resultaría un drama. Por suerte, a pesar de la oscuridad, logró conducir con certeza ese aparato hacia la superficie del agua. Se sintió aliviado y recordó que había dejado el globo solo en la costa. Si alguien se lo robó, ¿cómo volverá a la Tierra? Entonces, siempre abrazado de Yely, descendió y corrió hacia el lugar donde esperaba encontrar el aparato. Pero antes de llegar vio seres extraños junto a él. Trató de esconderse pero  el perro comenzó a ladrar con intenciones de ahuyentarlos. Tenian brazos largos, mirada severa y piel tan verde como los propios árboles. Tommy creyó que estaba todo perdido y temblando apretó la boca de Yely para hacerlo callar. Aquellos raros personajes trataron de ubicar de dónde venían esos sonidos.

Pero de pronto se escuchó un ruido aterrador. Efectivamente, un grupo de animales feroces corrían hacia él y con violencia hicieron rodar lejos el precioso globo. Uno de ellos ya estaba a su lado y mostró con mucha claridad sus filosos dientes. Tommy y Yely querían protegerse mutuamente. El niño cerró los ojos y no se atrevía a abrirlos. Pero nada grave sucedía. Todo era silencio. Enseguida sintió sobre su rostro la suavidad de la piel del animal.

¿Qué estaba sucediendo? No entendía nada, pero lo prudente era tratar de volver a la Tierra para no correr más riesgos.  Además, todavía no había hecho la tarea que indicó la maestra para mañana.

De pronto vemos salir del galpón a nuestro protagonista con su perro en los brazos, mientras el animal lame su rostro como de costumbre. ¿Qué ha sucedido? Debemos buscar la manera de enterarnos.

Yo propongo que esta noche, a la hora de la cena, escuchemos lo que nuestro amigo relata a sus padres. Yo estoy segura: no les va a mentir.

                                                                                                                                                    GARDENIA

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